Posts tagged: audiodiary
Un juego de micros, no una grabadora, pero también de importancia fundamental. Un día, “paseando” por el mapa sonoro de madridsoundscape.org, di con una grabación de Pablo Sanz Almoguera (a Pablo lo conocería en persona un par de años más tarde). Se trataba de un fonograma tomado en la calle Relatores. La grabación se había hecho con un juego de micros Soundman y un Minidisc de Sony. (Como se puede entender, me salté toda la fase DAT/Minidisc en mi “itinerario” por el mundo del registro sonoro; pasé del low-fi más low directamente a las grabadoras de estado sólido). Los Soundman son micros que se llevan en los oídos, replicando lo más fielmente posible la recepción de impulsos sonoros de los oídos del individuo. La ilusión de sonido tridimensional, incluso en un mp3, era tan chocante, que me puse a buscar como obseso qué era eso de la grabación binaural, y qué eran esos micrófonos tan peculiares. Pronto di con la web de la compañía, y en dos semanas tenía el modelo “estandar”, los OKM II Klassik, en mis manos.
Si se mira en las carpetas de mi diario sonoro, se verá un importante incremento de tomas sonoras a partir de Octubre de 2008, año en que me hice con los Soundman. Aparte de sus demás características, al ser llevados a modo de “auriculares”, y aparentando ser poco más que unos “cascos” algo pasados de moda, los micrófonos binaurales también permiten grabar ambientes sonoros de una fidelidad que asusta de una manera muy discreta, casi como si uno fuera un espía.
En este sentido, mientras la lógica del registro de sonido apunta hacia sistemas de microfonía cada vez más complejos y aparatosos, y grabadoras cada vez más complejas (y, todo ello, exponencialmente más caro), yo por mi parte de repente me vi enamorado de la idea de tomar registros sonoros binaurales con una grabadora que cupiera cómodamente en mi bolsillo y un par de micros binaurales en mis oídos. Esto sacrifica algo de fidelidad sonora (si uno se ciñe a cierto perfeccionismo, que siempre lleva a precios de múltiples dígitos), pero permitía una capacidad de maniobra fabulosa: uno se puede mover con poco equipaje encima, la grabadora y los micros apenas ocupan más que el iPod y sus auriculares.
Llevar la Microtrack y los Soundman encima me permite ponerme a grabar cualquier situación sonora en menos de 30 segundos, dándome la serendipia de quien lleva encima una cámara fotográfica de bolsillo. Evidentemente, una configuración de equipo distinto determinaría otro tipo de práctica fonográfica, más cercana a salir bien cargado “a la caza” de sonidos. Pero, como se dice entre los fotografos, a veces “la mejor cámara del mundo es la que tienes en tu bolsillo en el momento adecuado”.
Lo que quiero decir es que las situaciones sonoras más interesantes son las que me “asaltan” por sorpresa - una discusión en una calle, una voz cantando, algo que sólo se oye cruzando tal o cual esquina. Hay una cierta serendipia en ello, y, con mi equipo actual, sé que puedo ponerme a realizar una grabación binaural de alta resolución en menos de 30 segundos.
Otro efecto secundario de estos micrófonos es que, al colocarse en los oídos, impiden “monitorizar” la grabación. Esto, que podría parecer un inconveniente, a su vez me obliga a escuchar más atentamente, y a aprender a predecir cómo “saldrá” el fonograma final: a conocer mejor mis micros y los ajustes de mi grabadora. Más o menos como aquella época en la que se aprendía a hacer fotografía con cámaras manuales y película, y uno aprendía sin fotómetro, llevando cuidadosos apuntes de las condiciones y ajustes técnicos de cada foto.
Esto no quiere decir que mi configuración de equipo actual no sea mejorable. Hay mejores grabadoras, hay preamplificadores de micro igual de portátiles, y hay micrófonos binaurales mas silenciosos.
Pero sí es cierto que me he “visto” a mí mismo como esa clase de fonógrafo: el que parece que está escuchando música pero que, realmente, está escuchando atentamente lo que ocurre a su alrededor, y, en un momento determinado, saca un pequeño aparato de su bolsillo y le da al botón rojo.
Mi entrada en el mundo del audio digital, las resoluciones superiores a 16/44.1, y al mundo de la fonografía en la red. La grabadora fue mi regalo de cumpleaños de aquel año, y su impacto sigue afectándome. Aquel fin de año me la llevé a mi viaje a Oporto, y debí de grabar cada sonido que se cruzaba en mi camino, desde el taxi a Barajas hasta las escaleras mecánicas de la vuelta a Madrid.
La cosa grababa a 24-bits / 96 kHz, una resolución nada desdeñable, y tanto el volcado como la postproducción digital lo hacían todo extremadamente fácil y ágil. Aunque llevaba trabajando con paisajes sonoros ya desde el 2004 (volcando a duras penas grabaciones lo-fi de mi Sony), la Microtrack fue la herramienta que me permitió adentrarme en el mundo de las grabaciones de campo en serio.
Por otra parte, la red (un par de meses antes había contratado por primera vez ADSL en casa) tuvo un impacto incluso mayor: proyectos como sountransit.nl, phonography.org, artesonoro.org y mediateletipos.net fueron la puerta de entrada a la comunidad de fonógrafos y artistas sonoros de todo el planeta. De repente, no sólo tenía herramientas para producir y retransmitir en la red, sino que me vi produciendo en red.
La Microtrack, con sus más y sus no pocos menos (esos previos tan quisquillosos, ese phantom de juguete y esa batería “sarcófago”) siguió como mi herramienta principal tres años más (a través de muchas grabaciones, varios proyectos de arte sonoro e innumerables charlas, entrevistas, y conferencias).
En marzo de 2010, al volver de dar una conferencia en Sevilla, me di cuenta de que la pantalla de la Microtrack, apretujada en mi macuto, se había partido. No era grave, y la info en pantalla seguía visible, pero las manchas de cristal líquido se fueron deteriorando con el tiempo, haciendo el manejo cada vez más difícil.
Era hora de cambiar de herramienta, cosa que, a su vez, me introdujo al frenético mundo de los “gadgets” de cambio de siglo: mientras mis grabadoras mecánicas de la segunda mitad de los 90 del siglo pasado siguen siendo operativas, la Microtrack del 2006 apenas pudo completar algo más de tres años de vida útil. (Acabo de comprobar en el archivo que mi última grabación con la 24/96 es de abril de 2010).
Lo cierto es que la grabadora sigue siendo “operativa”, pero no muy práctica. Antes de que la pantalla se deteriorara del todo, guardé unos ajustes “decentes”, y ahora se puede usar “a ciegas”, encendiendo y dándole al “record” y mirando los diodos por si se saturan los previos. Así que podríamos argumentar que mi primera Microtrack sigue “funcionando”, de alguna manera.
Otra que sigue funcionando.
La compré en el 2000 por 13 000 ptas, espefícicamente para una grabación para el Circo Interior Bruto. Mi primera grabadora stereo, y la primera que usé conscientemente para hacer algo que pronto aprendería que se llamaba “fonografía”.
Aparte de grabaciones, empecé a utilizarla para grabar y documentar funciones del Circo Interior Bruto, de los Torreznos, y hasta llegué a intentar grabar conciertos con ella. Su micro “de solapa” apenas daba para grabar voz, pero aquello me parecía el culmen de la calidad sonora.
En el año 2000 realicé mi primer proyecto de arte sonoro “propiamente dicho” en el espacio Abisal de Bilbao. Se trataba de un dispositivo que me permitía entrar en diálogo con transeúntes del barrio de San Francisco desde dentro de la sala. Para el registro de conversaciones usaba el volcado a disco duro, pero la parte informática en aquel momento se limitaba al almacenamiento de audio.
En el año 2002, a punto de salir hacia Marruecos, y algo nervioso por el viaje (iba a ser la primera vez que pisaba África), la metí en el equipaje junto con un juego de pilas alcalinas y un par de cassettes C90 en blanco. No me equivoqué: Marruecos resultó tan intenso en todos los sentidos (visual, olfativo, gustativo, sonoro) que necesitaba grabar ambientes sonoros para poder asimilarlo todo.
Fue la primera vez que me dedicaba a hacer fonografía conscientemente (aunque todavía desconocía el término, y su bagaje histórico). Cómo no, debí grabar cada llamada a la oración que se cruzó en mi camino. (Sobre todo las del mediodía en Tánger, cuando varias mezquitas se solapaban; pero también las de la mezquita principal de Chaouen, varias oraciones en Sidi Infi, etc.).
Y el momento culminante fue la llegada a la Djemaa-el-Fna de Marraquech: literalmente, sólo fui capaz de enganchar el micro a mi camiseta y darle al botón rojo, aquello era demasiado para mí. Lamentablemente, me encontraba en Marrakech de paso, sólo tuve unas 4-5 horas para ver la ciudad. Sé que tengo una cuenta pendiente con la Djemaa-el-Fna. Ya veremos.
La última vez que la usé fue en el verano de 2006, para documentar otro viaje intenso: mi primer viaje a Senegal.
Eso sí, nunca volqué a digital las grabaciones de Marruecos, ni las de Senegal, y todas aquellas cintas se perdieron en mi mudanza de otoño de 2009. Esta pérdida me persigue. Sé que nunca podré recuperar esas grabaciones, y ni siquiera sé si son grabaciones que merece la pena volver a escuchar. Pero sé que tengo que volver a esos lugares y grabar algo, lo que sea, similar. Mediabiografía. O mediamelancolía, no sé.
En verano de 2004 atravesé otro cambio “técnico”, aunque no se tratara de una grabadora. Fue la primera vez que me vi usando un ordenador de menos de un año de antiguedad, y mi primer ordenador con una capacidad multimedia suficiente como para plantearme trabajar con audio digital. Pronto me hice con un montón de aplicaciones de edición y manipulación de audio, así como varias distribuciones de Linux especializadas. El siguiente paso fue empezar a volcar audio a mi disco duro (de nada menos de ¡¡20!! Gb).
Así, dos proyectos de registro sonoro cotidiano que estaba realizando en aquel momento pasaron de la grabación a la manipulación y organización de piezas sonoras más complejas. Uno era la compra y colección de microcassettes de viejos contestadores automáticos que inundaban los puestos más heterodoxos del rastro (y que, como me pude dar cuenta, la gente tiraba sin borrar, llenos de mensajes de voz grabados). Otro era el registro de músicos en el metro, que hacía con mi grabadora Sony, y que procuraba llevar siempre encima.
Ninguna de las piezas sonoras que fui desarrollando digitalmente en aquellos meses pasó de la fase de “maqueta”, pero sí pude sentar las bases de cierto aprendizaje en el ámbito del audio digital que luego iría ampliando.
Una de las últimas veces que recuerdo haber usado esa Sony fue para hacer algunas tomas previas para una pieza multimedia que se incluyó en una exposición en Zamora en el año 2005. Se trataba de tomas brutas que luego manipulaba mucho digitalmente. Fue cuando me di cuenta de que el micrófono de solapa había sufrido algún percance, y ya apenas valía para nada. El diseño de ambientes sonoros para aquel proyecto también me hizo ver claramente que había llegado al límite de lo lo-fi. Ningún problema con lo lo-fi, pero, a partir de cierto nivel de ambición, es necesario empezar a trabajar con ciertos niveles de calidad de producción.
Finalmente, su último uso fue similar al del 2002 - como grabadora de campo “de viaje”, en mi viaje a Senegal en agosto de 2006. No recuerdo haber hecho muchas grabaciones allí, y no por falta de ocasiones ni situaciones interesantes. Pero se trata de otra serie de grabaciones que nunca pasaron a formato digital y que se perdieron en Octbre de 2009.
Ahora mismo, esta Sony es mi única pletina de cassette en casa, y lo único con lo que puedo reproducir cassettes. Curiosamente, en el ámbito indie, la cassette ha vuelto como formato, en parte por nostalgia, en parte por lo lo-fi, y en parte por el coste de producción (resulta que sigue siendo más barato que hacerse una edición de CDrs).
Así que en pleno verano de 2010 me vi comprandole una cassette autoeditada a Olaf Larousse.
Qué cosas…
En cualquier caso, mi relación con los medios de registro sonoro es extraña. Evidentemente, como todos los demás ámbitos donde tecnología y uso creativo tienen que ir de la mano, es un blanco móvil en desarrollo permanente. Pero, al igual que otros ámbitos, un medio en concreto raramente eclipsa del todo a otro. Más bien, las nuevas tecnologías desplazan a las antiguas a otros terrenos y nichos de actividad. Pero se podría argumentar que, en fonografía, cada micrófono, cada previo, cada dispositivo de grabación, y cada combinación de estos elementos, tiene un carácter propio, y una ontología relativamente distinta. No se trata de la tan manida oposición de analógico contra digital, sino, más bien, una diferenciación de un medio - el de la cinta magnética - de otro - el de la grabación digital de alta resolución en soportes de almacenamiento de estado sólido. No se trata de hablar de calidad, sino de las cualidades específicas que los distinguen.
Pensando en esta línea, me llama la atención que, con el paso del tiempo, mi grabadora de microcassette Panasonic parece haber “envejecido” mejor que la Sony. Y eso con la grabación estrictamente monofónica, un micro que sólo sirve para grabar voz a corta distancia, y unos niveles de ruido propio que asustan.
Simplemente, en su momento, cuando adquirí la Sony TCS, esa grabadora pasó a ser mi herramienta “de cabecera”: la que me ofrecía la máxima calidad y resolución a la que tenía acceso en aquel momento. En este sentido - el de la calidad, la resolución, la capacidad de almacenamiento, etc. - las grabadoras digitales evidentemente se llevan a la Sony por delante con todo el peso del desarrollo tecnológico a su favor.
Pero, de la misma manera en que soy incapaz de manipular cinta en tiempo real con una grabadora ditigal tan bien como con la vieja Panasonic, estas microcassettes sí ofrecen un sonido lo suficientemente diferente como para que tengan un uso en mi práctica. Sus niveles de ruido, ls variaciones de velocidad de la cinta, son cosas que requerirían la aplicación de efectos en postproducción para ser replicadas digitalmente. Y “liar” la que puedo liar con la Panasonic manipulando grabaciones en tiempo real requeriría un dispositivo de control MIDI aparte; todo ello más laborioso y/o costoso que limitarse a usar la Panasonic.
Me imagino usando la Panasonic en un proyecto actual. Por una parte, está mi trabajo de recuperación de mensajes de contestador automático de microcassettes encontradas en el Rastro. Pero la grabadora, de por sí, sería una interesante “caja de efectos”. En cambio, los tres últimos años sólo he usado la Sony para reproducir y/o volcar audio de cassettes a digital. Puedo experimentar con ella y con distintos micros, pero, realmente, no tiene nada que hacer frente a las Microtracks.
Supongo que esa será la tónica de esta lista: dispositivos (grabadoras, micros, soportes) que irán cayendo en su propio nicho o, si no cuentan con suficiente diferenciación, se irán quedando por el camino.
Sólo me he acordado de este aparato gracias a repasar mis fechorías con la Panasonic. No tengo muchos recuerdos claros de la Sanyo, más allá de haberla usado para “algo” en el Circo Interior Bruto y de haberme deshecho de ella allá por el 2000-2001. Teniendo en cuenta lo que han dado de sí mis otras grabadoras de microcassette (la Sony y la Panasonic, que sigo usando para algunas cosas en el 2010), la Sanyo no debía de ser un aparato muy útil, o, en todo caso, no debía de ser capaz de aguantar la tralla que suelo meterle a mis grabadoras. No conservo ninguna grabación de ella, ni tengo ningún recuerdo de haberla usado en nada en concreto.
Esa grabadora nunca fue mía, sino un regalo que le hice a mi madre. Ese tipo de grabadoras (portátiles, pero grandes, con teclados ergonómicos, buen transporte de cinta y contador preciso) resultaban extremadamente útiles para las clases de idiomas. Mi madre sigue teniéndola y usándola sin problemas.
La grabadora me gustó tanto, que no tardé en buscar una para mí (yo también daba clases de idiomas en aquella época), y me di cuenta de que apenas se encontraba ya en el mercado “normal”. Me tuve que conformar con una Philips AQ6355.
En verano de 2000, la usé para grabar el material base para lo que luego llamé la cassette de “demos” Chromdioxis. La radio de onda media que usaba para recoger sonidos (una antigua VEF Selena, que sigo teniendo) no tenía una salida de audio “normal”, así que tuve que hacer la grabación por el aire. También la usé - está vez por cable - para grabar las mezclas resultantes.
Benditos tiempos lo-fi…